Articulos
La iluminación de obras de arte - Parte I
Muy a menudo encontramos que las salas de exposición de los museos son iluminadas excesivamente, con niveles de iluminación poco recomendables. Naturalmente que en este caso nos estamos refiriendo a la exhibición de obras pictóricas. También es frecuente escuchar opiniones diversas y muchas veces encontradas sobre la manera en que deben ser iluminadas estas salas.

En esta nota, trataremos de echar algo de "LUZ" sobre este tema tan conflictivo.

Partamos de la base de que la iluminación de obras pictóricas está regida exclusivamente por una premisa: SU CONSERVACION. Todo lo demás es secundario y en todo caso, sea cual fuere la técnica que se utilice, estará relacionado y dependerá absolutamente de aquella premisa.

No es ninguna novedad que una obra pictórica se degrada con el tiempo; este tiempo podrá ser mayor o menor según las características orgánicas que la constituyen, los agentes a los se encuentre expuesta y fundamentalmente al cuidado que se le brinde.

Las variables son casi infinitas en este sentido; una obra puede ser pintada al óleo, a la acuarela, puede ser a lápiz y muchas otras técnicas que no viene al caso enumerar. Además, cada una de estas variables contempla otra enorme cantidad de posibilidades que constituyen los materiales que ha utilizado el artista. Dependiendo de la época en que fue realizada la obra y los medios económicos del artista, estos materiales son de mayor o menor calidad, y por consiguiente serán más o menos resistentes al deterioro. Si en nuestros días, con toda la tecnología moderna en cuanto a su manufactura, una hoja de papel o un periódico que hemos guardamos se tornan amarillentos al cabo de 3 o 4 años, que podemos decir o esperar de los materiales de hace 3 siglos atrás!.

Los expertos pueden determinar con bastante precisión estas características y las posibilidades de supervivencia de cada obra en el tiempo. Una vez determinadas, el curador del museo será el responsable de la preservación de cada una de las obras que se encuentra bajo su tutela.

Volviendo a nuestro tema que es la iluminación, digamos que la luz es uno de los factores que más contribuyen a la degradación de las obras pictóricas.

La luz podrá afectar en mayor o menor grado a una pintura o dibujo dependiendo fundamentalmente de sus características espectrales. Así digamos que los componentes más dañinos de la luz son: la radiación infrarroja, (calor) la radiación ultravioleta UV-C y UV-B (100 a 280 nm y 280 a 315 nm respectivamente) y aún las longitudes de onda correspondientes al color violeta, al azul y parte de la banda verde, (entre 400 y 500 nm aprox.) causando cambios fotoquímicos.

Citemos dos ejemplos de fuentes de luz muy utilizadas en la iluminación de museos; las incandescentes y las fluorescentes. Las lámparas incandescentes, convierten la energía eléctrica en: tan solo 7% de luz visible, 93% de radiación infrarroja (calor) y 0.1% en radiación ultravioleta.

Por su parte las fluorescente lo hacen el las siguientes proporciones: 20% en luz visible, 75% en radiación infrarroja (calor) y entre 1 y 5% en radiación ultravioleta.

Concretamente, para evitar o minimizar los procesos fotoquímicos, la luz debe contener poca o ninguna emisión por debajo de las longitudes de onda de 400 nm (es decir, fuera del espectro visible en el extremo de las ondas cortas). Para ayudar a que esto suceda, hará que "filtrar" la radiación ultravioleta, es decir, anteponer una barrera que evite o disminuya su paso. En este sentido, se puede considerar que un vidrio común, con un espesor de 3 mm o más, podría resultar bastante efectivo para casos de poca radicación UV. (ej: para una lámpara incandescente halógena de baja tensión) Para casos de fuentes con mayor emisión UV, (ej: lámparas a descarga) habrá que utilizar filtros UV debidamente calibrados.

Continuará...
Volver a artículos...