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Técnicas: la iluminación de acento (Parte II)
Ahora ya estamos en condiciones de pensar en la fuente de luz que vamos a utilizar. A este respecto, lo primero que habrá que conocer es cual de las fuentes de luz dañará menos a una obra de arte, porque como hemos podido ver, la luz es uno de los factores a tener en cuenta en cuanto a la preservación.

Sabemos por la experiencia cotidiana que la radiación UV (ultravioleta) decolora los productos de origen orgánico. El ejemplo más común es la decoloración de telas, papeles, etc. expuestas en las vidrieras que reciben luz natural. Pues debemos saber que también el calor daña estos productos.

De las fuentes de luz más aplicables a la iluminación de acento y por consiguiente de obras de arte, rescatamos las lámparas incandescentes halógenas, las fluorescentes y las de mercurio halogenado.

De estos tres grupos, las de mercurio son las que mayor cantidad de radiación UV emiten, seguidas de las fluorescentes y las incandescentes halógenas, estas últimas con tan solo un 0.5 a 1% de UV.

La manera de evitar o reducir (hasta en un 90%) dicha emisión UV es por medio de un filtro denominado "filtro UV". En realidad, un simple vidrio colocado delante de la fuente de luz ya actúa como un filtro de la radiación. En la actualidad, muchas de estas lámparas ya se construyen con un bulbo que actúa como filtro; las marcas más prestigiosas suelen aclararlo en los envoltorios.

Lo que es más difícil de evitar es el calor. Con ese fin fueron creadas las lámparas "dicroicas". Estás fuentes de luz son en realidad lámparas incandescentes halógenas con un reflector de vidrio recubierto externamente por varias capas de sales que constituye un filtro dicroico. Este recubrimiento hace que el calor (aproximadamente en un 60%) sea reflejado hacia la parte posterior de la lámpara, enviando hacia el objeto tan solo un 40% de la temperatura, la que en las lámparas halógenas es sumamente elevada.

En tren de elegir la fuente de luz más apropiada para nuestro caso, habrá que hacer un par de consideraciones. Una de ellas es la que se refiere al acento puesto en el color y en la reproducción de los colores. En lo que hace a la reproducción de los colores, cualquiera de las fuentes citadas tienen buenos índices de reproducción, es decir, que nos permitirán "ver" todos los colores con excelente fidelidad.
El otro aspecto, algo más sutil, lo constituye la elección de la "temperatura de color" de la fuente de luz a utilizar. Tal como se ha visto en los capítulos correspondientes del "Manual de Luminotecnia para Interiores" de este mismo autor publicado en Electroindustria.com, la temperatura de color de la fuente de luz actuará sobre el objeto favoreciéndolo o no según el caso. Por ejemplo, sabemos que las lámparas incandescentes o las fluorescentes cálidas (color 827 ú 830) favorecerán notablemente los colores cálidos, (rojos, naranjas y amarillos) mientras que las fluorescentes frías (color 840 ú 860) o las de mercurio halogenado frías (4000 K) lo harán con los colores fríos (verdes y azules). De esto se desprende que una "marina", por ejemplo, se verá mucho más favorecida con luz fría que un paisaje otoñal con sus ocres y viceversa si se utiliza una fuente incandescente halógena.

Otro de los detalles a tener en cuenta es la distribución luminosa de la fuente de luz o la luminaria. Ante todo habrá que tratar de que la elipse de luz de acento que incide sobre el objeto no sobrepase el tamaño del mismo; en todo caso es preferible que sea un poco menor. Si el acento está dirigido, por ejemplo, a un cuadro oscuro ubicado sobre una pared blanca y el destaque, digamos de factor 5 : 1, toma una porción de pared considerable, la mayor luminancia de la pared comparada con la baja luminancia del cuadro nos impedirá concentrarnos debidamente en la obra, ya que la pupila se verá obligada a tomar partido por el brillo mayor impidiendo de esta manera una clara visión del color oscuro del cuadro.

Estas consideraciones se refieren al caso en que la fuente de luz o la luminaria produzcan una distribución luminosa definida, es decir, que no generen un haz secundario. Esta última situación es la que producen las lámparas dicroicas, cuyo halo o haz secundario forma una segunda elipse de luz más tenue que abarcará una superficie considerable iluminado una gran parte de la pared fuera del objeto propiamente dicho.

Por último, un párrafo sobre la ubicación de las fuentes de luz. Estas deberá estar ubicadas de tal forma que la reflexión que se produzca en el objeto no incida en los ojos del observador. Este detalle será de especial cuidado en el caso de cuadros u objetos protegidos con vidrio; si el ángulo de incidencia es muy abierto (Ej.: 60% con respecto a la vertical), la fuente se reflejará en el vidrio impidiendo la correcta apreciación de la obra. Una "receta" que ofrece muy buenos resultados es la de ubicar las fuentes de tal forma que el centro del haz de luz forme un ángulo de aproximadamente 30º con respecto a la vertical. Para que la elipse que forma el haz de luz con semejante ángulo cubra adecuadamente al objeto, el enfoque deberá ser dirigido no al centro sino al tercio superior del mismo.
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